Menos solidaridad, menos ciudadanía, menos humanismo, menos democracia, menos salud

FOTOGRAFÍAS: ARAQUÉM ALCÂNTARA

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A mí me gusta este doctor cubano que está en el “puesto de salud”… él habla de una manera graciosa, a veces no lo entiendo bien, pero por lo menos me escucha, sabe lo que me pasa, me viene a ver a casa. Antes, el doctor que estaba no me escuchaba, no me miraba, me daba los remedios y yo no los tomaba, no sabía para qué servían. Se quedaban ahí arriba de la heladera. Siempre que iba a verlo me daba más remedios pero ni preguntaba si yo había tomado los que me había dado la otra vez

Mi abuela Ilda, en una charla que tuvimos en Brasil hace unos dos o tres años.

 

Es el fin de la historia, planteaba Fukuyama en el comienzo de la década de los ‘90. Es el triunfo de la economía liberal, única alternativa eficaz y viable, sobre la ideología.

En este planteo queda implícita la idea de contraposición entre racionalidad e ideología. Lo único comprobadamente real por su racionalidad es la democracia liberal, todo el resto son ideas, abstracciones sin comprobación empírica, sin verdadera eficacia. No es una apreciación valorativa, no se discute lo que es mejor o peor, el fin de la historia es presentado como una constatación: no hay alternativa, el liberalismo es el único camino viable, está demostrado por la propia historia – dicen sus defensores.

Por esto mismo, el fin de la historia es el fin de los sueños. No sirve de nada soñar, es una pérdida de tiempo porque los sueños no se materializarán. Mejor es aceptar la realidad tal cual se nos presenta (o nos la presentan).

Pero parece que el “decreto” no fue suficiente para que la historia parara. Se olvidaron de decirle que era la última página del libro, que era inútil seguir escribiendo párrafos nuevos. Y quizás esto pasó, no porque la democracia liberal no tenga su racionalidad o porque la economía liberal no tenga relación con la realidad. Quizás lo que sí pasó es que existen otras racionalidades y realidades. Quizás es imposible pedir a los pueblos que dejen de soñar y desear. Y estos sueños, deseos, distintas racionalidades y realidades eclosionaron por Latinoamérica en la década siguiente mostrando que la historia seguía viva, que existían otros caminos.

Como otros países, Brasil reescribía su historia, marcada por la esclavitud que dejó huellas casi indestructibles en su estructura social, por la desigualdad obscena, la “Belindia” de Lisboa Bacha, un país con una de las mayores economías mundiales, donde una pequeña parte vivía como si estuviera en Bélgica mientras la gran mayoría lo hacía en condiciones similares a la India.

Es conocida y reconocida la reducción de la pobreza en ese país. Cuarenta millones de personas -casi “una Argentina”- dejaron la miseria y fueron incluidas en el consumo, principalmente de alimentos. El analfabetismo, aún alto, cayó por la mitad, de 16% en la década de los ‘90 a 8% en 2015. Entre el año 2000 y el 2015 la tasa de mortalidad infantil descendió doce puntos llegando a once muertes por cada mil nacidos vivos.

En el ámbito de la salud, la creación del Sistema Único de Salud (SUS) garantizó a fines de la década de ‘80, entre otras tantas cosas, el acceso a la atención sanitaria a millones de personas que no tenían este derecho.

En la década de los ‘90, la creación del programa de salud familiar amplió la cobertura del SUS, llegando con equipos de salud a muchos lugares que antes estaban desatendidos y permitiendo alcanzar resultados sanitarios nunca vistos en el país.

Sin embargo, todavía estos esfuerzos no eran suficientes para llegar a los lugares más vulnerables y remotos de Brasil, un país con más de doscientos millones de habitantes distribuidos en una superficie de 8.500 millones de km². Así, en el año 2013 fue creado el Programa Más Médicos con el objetivo principal de llevar atención médica a aquellos lugares recónditos. En un principio, el programa buscaba ofrecer incentivos, principalmente económicos, para que los médicos brasileños se trasladaran a los lugares con mayores deficiencias en la cobertura ofrecida por el SUS. Con una demanda de más de quince mil médicos para suplir las necesidades establecidas por el Ministerio de Salud, se inscribieron cerca de mil médicos brasileños. Junto con quinientos médicos extranjeros que también se inscribieron en el programa, el contingente alcanzado cubriría solamente el 10% de los cupos ofrecidos.

Por esto, Brasil firmó un acuerdo de cooperación internacional con Cuba, intermediado por la Organización Panamericana de Salud, donde logró alcanzar casi el total del cupo previsto por el Estado para cubrir la necesidad de más de cinco mil municipios.

 

El acuerdo con Cuba llevó a los médicos cubanos a aquellos lugares donde muchos médicos de Brasil no querían ir.

 

El acceso a consultas médicas tuvo un aumento sin precedentes en la historia de muchas localidades brasileñas. Los datos del programa indican el aumento de los controles de salud, especialmente de personas con hipertensión y/o diabetes.

Pero lo más impresionante de esta transformación no puede ser medido por los indicadores sanitarios. Abundan las historias de personas que vieron a un médico por primera vez en la vida y de otras que sí habían visto médicos pero que nunca habían sido tocadas o escuchadas por uno.

Me acuerdo de una experiencia en el año 2004 en un municipio del norte de Minas Gerais, donde empieza el “sertão”,  la falta de agua, sequía, el calor extremo, gente pobre que no vivía en la villa como uno estaba acostumbrado a ver en la ciudad. En función de un trabajo que hacíamos junto con el Ministerio de Salud, entrevistamos a la secretaria de salud del municipio. Nos contaba que no tenía muchos recursos en la secretaría, pero lo poco que había lo quería usar para contratar médicos. Nos decía que quería pero no conseguía, que cuando llegaban los médicos o médicas de las “ciudades grandes” le decían que el sueldo no estaba mal pero que la ciudad era fea, que hacía mucho calor, que había muchos mosquitos, que no había shopping ni cine.

Son distintas racionalidades, distintas realidades. El acuerdo con Cuba llevó a los médicos cubanos a estos lugares donde la mayoría de los médicos de Brasil no querían ir. Los más de ocho mil médicos llegados de Cuba estaban trabajando en 2800 municipios. En 611 municipios todos los médicos que trabajan en el SUS eran cubanos.

“No podemos admitir esclavos en Brasil… no se puede seguir sosteniendo la dictadura cubana”,  decía el presidente electo brasileño – quien defendía la dictadura militar, la tortura, la censura, el cierre del Congreso y de la Corte Suprema de Justicia durante la campaña electoral – sobre la presencia de los médicos cubanos. Jair Bolsonaro puso en duda innumerable cantidad de veces la capacidad de los médicos de Cuba, aseverando que no eran médicos sino “carniceros”, que no estaban habilitados para atender a la gente. Propuso que ellos rindan exámenes no exigidos a profesionales de otros países para que sigan en el programa, generando una situación de acoso permanente que hizo que el gobierno de la isla decidiera retirar sus profesionales del Más Médicos.

Interesante como “el fin del fin de la historia” nos jugó una mala pasada en esta segunda mitad de la década actual. La ideología sigue viva y la historia nos mostró que lo de Fukuyama era solo una ideología más. Y que esto de lo empírico y demostrable en el “mundo real”, en realidad, a veces, termina interesando poco o nada. Parecería que hay momentos donde la abstracción, la idea suelta, o más bien atada a un discurso dominante, es lo que vale.

 

Casi 28 millones de brasileñas y brasileños quedarán sin asistencia sanitaria a causa de la salida de los médicos cubanos del Programa Más Médicos.

 

Bolsonaro, convencido de su ideología, decreta que en el país que ha enviado cerca de cincuenta mil médicos a más de sesenta países en ayuda humanitaria, que tiene una esperanza de vida de 78 años y una mortalidad infantil de 4,1, siendo solamente la 64ª economía mundial, no se forman buenos profesionales de salud.

Poco importa si Brasil tiene una mortalidad infantil casi tres veces mayor que Cuba, que si Brasil tuviera la tasa de mortalidad infantil cubana evitaría más de once mil muertes de bebés por año o que solamente en la gestión del Partido de los Trabajadores la esperanza de vida al nacer en el país haya llegado a 74 años, dando un salto de más de diez años comparado con la década pasada.

Lo que importa es que la ideología está viva y de vuelta, una nueva ideología – ya no tan nueva, más bien reciclada – está siendo presentada como único camino, la verdad revelada. Hasta, quizás, otras realidades, en este caso de los casi 28 millones de brasileñas y brasileños que quedarán sin asistencia médica a causa de la salida de los cubanos del Programa Más Médicos, puedan generar otras racionalidades y nuevos sueños.

Si nos queda una lección sobre el fin de historia es que la historia no tiene fin y que no hay movimiento, por más razón que tenga o por más popular que sea, que logre frenar el embate ideológico. Tal vez lo más importante es no perder la capacidad de proponer nuevos sueños a la misma velocidad que las realidades y racionalidades cambian.

 

· Enio Garcia ·

 Sanitarista. Docente Maestría Gestión en Sistemas y Servicios de Salud UNR. Docente UNPAZ.