Nosotras Paramos por una Salud Pública Feminista

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08/03/2019

Estamos atravesando una época de disputa y alta conflictividad social. Disputa de espacios, de poder, de sentidos que permea todos los ámbitos con distinta intensidad. Dentro del campo de la salud las tareas del cuidado y los procesos reproductivos han devenido en territorio de batalla política y pública.

En el campo de la salud, la disputa es acerca de la idea misma de salud pero también acerca de la cultura y la organización de eso que Eduardo Menéndez describió como Modelo Médico Hegemónico. ¿Quién define nuestra salud? Quién dice qué es estar sano y qué enfermo? Estas preguntas ponen en jaque la estructura organizacional del sistema de salud y demandan su constante redefinición. El pensamiento crítico latinoamericano y más recientemente los feminismos han demostrado la naturaleza patriarcal que organiza el sistema de salud y su funcionalidad al capitalismo. En el momento en que parecía que se tenían todas las respuestas apareció el feminismo a cambiar todas las preguntas.

Es así que en estos años de luchas y mareas feministas visualizamos también que este modelo que rige el funcionamiento y las relaciones institucionales hacia adentro de los servicios de salud además de ser esencialmente biologicista, individualista, con énfasis en la enfermedad, autoritario, a-histórico, a-social, que excluye otros saberes, que medicaliza los comportamientos, que se basa en la racionalidad científica y entiende la salud como mercancía y no como derecho, es al mismo tiempo un sistema patriarcal y heteronormativo estructurado para sostener y reproducir un pensamiento binario que justifique la desigual distribución del poder.

El modelo médico y la formación en salud hegemónica otorga una poderosa arma de disciplinamiento social que es el concepto de normalidad. Una normalidad organizada en una intrincada jerarquía de razas, clases y género. El saber médico legitima y determina, desde una perspectiva científico positivista, qué es lo normal y cuándo la desviación de la norma debe ser sancionada y corregida. Este mecanismo es posible en tanto existe una desigual distribución de poder entre los distintos sujetos y junto con ella se instalan las distintas y múltiples violencias cotidianas sobre los cuerpos femeninos que van desde el acoso callejero hasta los femicidios.

De esta manera, el sistema de salud es un dispositivo dentro del capitalismo que reproduce el patriarcado al infinito. Asigna a los varones el rol de decisores y proveedores, fuertes, protectores, y a las mujeres el rol de cuidadoras, sosteniendo el mito de que se trata de amor y no de trabajo. Y todo lo que queda por fuera de esta organización es invisibilizado, patologizado, criminalizado, en fin expulsado. Los modelos de atención vigentes son productores de inequidad de género, distinguiendo la normalidad. Y lo normal para nuestro sistema de salud capitalista es que los hombres, seres trabajadores y asexuados, acuden cuando están enfermos siempre o casi siempre acompañados por sus compañeras mujeres (madres, esposas, hijas); que sean las mujeres quienes están a cargo de las tareas de cuidado de la familia así como las responsables de lo que sale mal o no se gestiona adecuadamente; que a priori no existen otras posibles identidades de género por fuera de los varones y las mujeres y que en todo caso si esa situación se presenta intentaremos que encaje en “el binarismo considerado lo normal”. El sistema de salud legitima las desigualdades y después asiste sus consecuencias.

En contextos donde la hegemonía se pone en crisis, la inclusión de la perspectiva de género en el campo de la salud puede concebirse como una lucha por la asignación de nuevos sentidos en torno a qué perspectivas se consideran legítimas en términos de la atención de la salud.

Para pensar en transformaciones del sistema de salud y su cultura organizacional resulta clave analizar las prácticas, las relaciones de cuidado hacia dentro de los servicios entre trabajadores/as y entre trabajadores y usuarios, a través de un lente de género que visibiliza el impacto que tiene en el ámbito laboral y de cuidado las diferencias de género. No es meramente un asunto de roles sino de relaciones sociales de poder en un campo en disputa permanente. Donde la violencia no es una excepción.

Las medidas económicas de ajuste que se han venido aplicando en los últimos años a los sistemas de salud obliga a las mujeres, y particularmente las de los sectores populares, a ocupar el vacío que dejan estas instituciones. Ya que el rol familiar de la mujer es el de cuidadora de la salud familiar y por este motivo ante cada medida de ajuste son las mujeres quienes resignan tiempo, ingresos e incluso su propia salud para sostener los sistemas de cuidados sanitarios básicos. Gran parte de los logros en los programas de atención primaria de la salud (en nutrición, reducción de mortalidad materno-infantil, cuidado de los niños, etc.) dependen aún hoy del trabajo no remunerado de las mujeres. La mujer en nuestra sociedad es tanto responsable de la salud de su propia familia como gestora no remunerada de la salud comunitaria. Mujeres organizadas garantizando la alimentación de niñes en barrios populares, desarrollando estrategias de abordaje colectivo de la violencia de género, a quienes el sistema de salud decide ignorar, subestimar en su potencia de acción.

¿Es posible construir una salud pública feminista?

Con el debate sobre el aborto que ocupó gran parte de la opinión pública durante el 2018 las organizaciones feministas instalaron a la salud pública en el centro de la escena política. El aborto de alguna manera fue el disparador que nos permitió la interpelación colectiva acerca de quienes tienen el poder sobre nuestros cuerpos y comenzar a desmantelar la hipocresía de un cuidado de la salud atravesada por la lógica de mercado. El activismo arrollador ocupó las calles, los medios de comunicación, los almuerzos familiares, las conversaciones de oficina. Una marea movida por el deseo, que encontró su voz y con eso ya no alcanza, queremos compartir el poder para decidir. Somos nosotras las que movemos el mundo, quienes lo hacen girar, eso es lo que comprendimos y como también que somos nosotras las que podemos pararlo.

Que la disputa sea si el aborto es legal o clandestino puso a reflexionar a la sociedad sobre la clandestinidad de las decisiones en salud. Nos obligó a pensar la salud pública en clave feminista y al mismo tiempo se visibilizaron estrategias de cuidados colectivos, de escucha y acompañamiento propios de una nueva forma de gestión de la salud.

El impacto social que tuvo el debate acerca del aborto legal y que pintó las calles de verde permitió también visibilizar las conexiones y articulaciones entre salud pública y el feminismo que permitan avanzar en la eliminación de las desigualdades y la violencia patriarcal. El feminismo nos obliga revisar el concepto de determinantes sociales de la salud para situarlo en la interseccionalidad de la raza, la clase social, la educación y otros estratificadores sociales.

Otro aporte de los feminismos populares y disidentes es la incorporación del cuidado amoroso y la ternura como herramienta de gestión. La sororidad constituye un pilar fundamental de la ética feminista que nuestro campo sanitario necesita recuperar y hacerlo universal.

Construir una salud pública feminista requiere revisar los modelos de producción de salud, evaluar su eficacia en función de la satisfacción colectiva y no limitarla a indicadores sanitarios Lo que necesitamos transformar es la forma en que las personas nos vinculamos según patrones de género dominantes o hegemónicos, porque eso también incide en la forma de enfermar y de morir. Pensar la salud como un proceso realmente colectivo, vincular y no individual, sin dejar de defender y sostener la soberanía de los cuerpos, soberanía en un mundo donde nadie es total y absolutamente autónomo, sino que somos sujetos situados. La Salud Pública es una herramienta garante de derechos y justicia social. Por eso será feminista, o no será.

 

· Equipo de Salud y géneros de FSS · 

Carlota Ramírez, Andrea Paz, Carla Giuliano, Agostina Finielli y Sabrina Balaña.

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