Género y diversidad sexual

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El proceso de salud-enfermedad-atención-cuidado se encuentra atravesado por múltiples determinantes. La lucha de las mujeres por lograr igualdad de oportunidades en relación con los hombres en los diferentes espacios sociales ha logrado, entre otras cosas, visibilizar los modos en los cuales las diferencias de género pueden provocar inequidad, y esto también se observa en el campo de la salud.

Pero la referencia al género no equivale a hablar de la mujer. El concepto de género no se aplica a la mujer en sí misma, ni tampoco al hombre, sino a las relaciones de desigualdad determinadas por el sexo (incluido el colectivo de lesbianas, gays, bisexuales y trans) en torno a la distribución de los recursos, las responsabilidades y el poder. El género no es un problema de vocales. Cuando hablamos de género hablamos necesariamente de roles y de poder dentro de una sociedad. Y esto también se ve reflejado en los servicios de salud, tanto en los modelos de atención que predominan como en la distribución desigual de la composición por género de las distintas profesiones de la salud y al interior de las especialidades médicas.

La introducción de la perspectiva de género en el campo de la salud ha tenido como objetivo identificar y resolver las problemáticas de salud no solo atribuibles a las diferencias biológicas entre los sexos, sino relativas al lugar social que ocupan. El patriarcado también se expresa en  los servicios de salud. Y ha generado que se desarrollen sistemas de atención paralelos, por fuera de los servicios públicos y privados del sistema, en los que sí se respete la diferencia. Espacios “amigables” donde mujeres, homosexuales y trans sientan que se respetan sus derechos, sus elecciones, que se los escucha y que no se avasalla sobre sus cuerpos: ¿Por qué esto no puede suceder dentro de los servicios de salud?

Frente a este contexto cabe preguntarnos si se puede pensar en la transformación del propio sistema de salud, en que sean los servicios de salud los que incorporen una mirada de género en la atención y el cuidado de las diferentes poblaciones, o será necesario que sigan floreciendo iniciativas paralelas que sumen a aquellos trabajadores y trabajadoras de la salud a espacios donde las personas expulsadas por el sistema se sientan respetadas y cuidadas.

Son ejemplos de esta situación las personas embarazadas que prefieren optar por tener su parto en el domicilio, o el desarrollo de casas de partos en paralelo a los servicios de obstetricia de los hospitales generales, como consecuencia de la violencia obstétrica que sufren en dichos servicios.

Violencia que se observa en los altos índices de cesáreas o en la negativa a ser acompañadas durante el parto o a elegir la posición o forma en la que desean parir. Un ejemplo menos visibilizado se observa en la atención de la enfermedad cardiovascular. Los hombres tienen más riesgos de padecerlas, por razones de género, pero las mujeres son peor atendidas y presentan mayor mortalidad para todas las edades, también por razones de género. Entonces tenemos, en una misma patología, inequidades en el riesgo para los varones e inequidad en la calidad de atención para las mujeres.

La misma inequidad podemos observar en la atención de lesbianas, gays, bisexuales y trans cuando se les niega el derecho a la elección de su identidad sexual y a realizar tratamientos con este fin o a la atención de su salud general. El sistema ha forzado la aparición de espacios “amigables” para la atención de estos colectivos como respuesta a la preocupación por la mortalidad precoz que se puede observar en las frías estadísticas sanitarias.

En lo relativo a las mujeres como usuarias directas del sistema de salud, podemos decir que las mismas son las que realizan la mayoría de las consultas puesto que está habilitado socialmente para el género femenino el expresar y consultar por su malestar en salud, con lo cual suelen hacer consultas más precoces que los varones. Sin embargo, son muchas veces las formas de organización de los servicios y la lógica de las instituciones de salud las que terminan expulsando a las mujeres, y con ellas a las familias que cuidan.

Ciertamente, las mujeres sobreviven a los hombres y la mortalidad masculina tiende a superar a la femenina a cualquier edad. Es importante subrayar, sin embargo, que la equidad de género en la situación de salud no significa tasas iguales de mortalidad o morbilidad para ambos sexos. Se refiere más bien a la eliminación de diferencias evitables entre hombres y mujeres en cuanto a sus oportunidades de obtener y mantener la salud, y a las probabilidades de enfermar, sufrir discapacidad o morir prematuramente por causas prevenibles

En esta sección reflexionaremos sobre distintas miradas que nos ayuden a entender esta realidad, a profundizar su análisis y a crear condiciones de viabilidad para generar cambios o conocer las posibilidades de que los servicios puedan transformar sus modelos de atención con una perspectiva de género. Su importancia radica en que las alternativas que surgen por fuera del sistema generan inequidad en la atención, y con ello mayor posibilidades de enfermar u de morir. Entender si es posible esos cambios en los modelos de atención patriarcal predominantes en los servicios de salud, que contemplen la particularidad de las diferencias de género.

El sistema de salud dominado por el patriarcado expulsa a las mujeres, a trans, a homosexuales, y a todas aquellas personas que vayan contra esos esquemas de normalidad. Allí el género se transforma en una causa de las causas, un determinante, un factor de riesgo, una característica que expulsa o incluye.

Para avanzar en una agenda de la salud como derecho con perspectiva de género es importante incorporar a los hombres como colectivo tanto para pensar sus problemas específicos como género en el proceso salud-enfermedad-atención, así como para valorar el modo en que sus conductas y/o acciones pueden ocasionar daños en la salud de las mujeres. Es preciso subrayar que el problema no es que existan desigualdades, sino que las desigualdades pongan sistemáticamente en desventaja a un grupo. La equidad de género en el ámbito de la salud debe entenderse, entonces, como la eliminación de aquellas disparidades innecesarias, evitables e injustas entre los grupos.

Para poder utilizar en toda su potencia la categoría de género en los problemas de inequidad en salud necesitamos partir de una modalidad más dinámica y flexible en el uso de esta categoría. Esto implica el desafío de abordar la equidad desde una perspectiva de justicia, la cual no solo se corresponde con problemáticas ligadas a la carencia, sino también a los excesos y a la invisibilización.

 

· Sabrina Balaña de Caro ·

Médica generalista. Asesora de la Comisión de Acción Social y Salud Pública HCDN.

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