ENTREVISTA A JORGE ALEMÁN

“El neoliberalismo es una fábrica de subjetividad”

FOTOGRAFÍA: FERNANDO LÓPEZ

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La construcción de la subjetividad en la etapa neoliberal. Tecnologías y dispositivos que participan en la edificación de una “racionalidad estética” son algunos de los ejes que atraviesan a esta entrevista con el psicoanalista Jorge Alemán para repensar en dónde se ubican hoy del psicoanálisis y la salud mental.

La indagación intelectual revela el compromiso sostenido con las palabras y la sonoridad de una voz intensa se abre paso en la charla que comparte Jorge Alemán con Soberanía Sanitaria. Viaja de Buenos Aires a Europa en un ida y vuelta constante trayendo en cada observación la impresión de una época, el conjunto de signos que hacen un tiempo. Escritor de ensayos y poemas, psicoanalista y destacado intelectual construye una visión política que parte del sujeto pero solo se completa en lo colectivo.

¿Qué entendés por subjetividad?

Una definición muy general sería entenderla como la manera en que podemos concebirnos a nosotros mismos, organizarnos en un sistema de representaciones con respecto a nosotros, a la relación con los otros y a un estado social de cómo deberían ser las cosas. Entiendo por subjetividad un conjunto de conductas, mandatos, deberes, percepciones de la realidad, construcciones éticas y estéticas que están determinadas por una cantidad de dispositivos que muchas veces son imperceptibles y cuyo funcionamiento tampoco es evidente porque contamina de una manera muy sutil todo esto que podríamos llamar subjetividad.

¿Cómo se construye subjetividad?

Yo tengo establecida desde hace mucho una diferencia con respecto a esto: el neoliberalismo se ha revelado como una gran fábrica de subjetividad que tiene un momento privilegiado en las narrativas de autorrealización personal como la autoayuda, las distintas formas de terapia, pero luego tiene otro aspecto más riguroso que son sistemas de evaluación que comienzan desde la infancia en donde desde muy temprano cualquier niño se puede equivocar y quedar segregado bajo las condiciones del diagnóstico. Es un sistema de la evaluación que lo va a conducir a un determinado tipo de etiqueta. Es decir, son mucho factores heterogéneos los que se encuentran bajo la palabra subjetividad. Están, por ejemplo, los mandatos del ser feliz pero a la vez los mandatos que te endeudan. Grandes promesas de felicidad en el futuro pero para los cuales uno nunca da la talla.

¿Y cómo impacta el neoliberalismo en la subjetividad?

Hay una serie de oscilaciones internas que han logrado producir lo que podríamos llamar casi una mutación antropológica del ser humano actual. Mutaciones que se producen permanentemente con respecto a la manera de habitar los lazos sociales, las relaciones con los otros, con uno mismo y por lo tanto, las relaciones con el amor, el sexo y el deseo. Estas transformaciones están muy ligadas a una velocidad especial que tiene el neoliberalismo en la actualidad. Al ser un espacio mega conectado de transacciones financieras que van a una gran velocidad, se produce a nivel del campo de los vínculos sociales, también una permanente erosión, producto de una velocidad prácticamente inasumible por cada uno de los sujetos.

“El neoliberalismo se ha revelado como una gran fábrica de subjetividad que tiene un momento privilegiado en las narrativas de autorrealización personal como la autoayuda, las distintas formas de terapia, pero luego tiene otro aspecto más riguroso, los sistemas de evaluación que comienzan desde la infancia.”

 

Pero la subjetividad ¿se agota en eso que el neoliberalismo produce?

Yo insisto sobre esa pregunta. En los sistemas neoliberales, sus dispositivos, sus tecnologías del yo -como diría Foucault-, sus manuales de autoayuda, los asesoramientos personales, el triunfo de una cierta racionalidad estética, que en Argentina está especialmente exacerbada, en donde hombres y mujeres están muy pendientes de encontrarse jóvenes, bellos, pero no para tener un mejor atractivo para los otros, sino para constituirse ellos mismos en una imagen que trate de poner un freno a las fatalidades del tiempo, en fin, sobre si la subjetividad es solamente aquello o si por el contrario queda en ella algún resto que no logra ser capturado por todos estos dispositivos, que efectivamente son muy eficaces, que tienen un gran alcance y que tratan de capturar hasta el último confín de la vida de las personas. Incluso en el planteo de Marx, en el comienzo de “El Capital” dice que la historia de la humanidad es establecer relaciones sociales independientemente de nuestra voluntad y nuestra consciencia. O sea, estamos inmersos en un campo de relaciones sociales que no está regido ni dominado por nuestra voluntad. El neoliberalismo ha extremado esto, y ha construido un montón de andariveles, caminos por donde la vida circula y que tienen todas estas características, como el carácter heterogéneo de los dispositivos. No van en un solo sentido ni en una sola dirección. La presencia de la industria farmacológica en la producción de subjetividad es definitiva. Pero también se conectan con los sistemas de evaluación que comienzan desde muy temprano. Hay una serie de performances que se supone que van a contribuir a construir un tipo de subjetividad que sea competitiva y que tenga como metáfora privilegiada “sexualidad, deporte y trabajo” en una triada que amalgama competencia, performance y la preocupación por no quedar fuera del partido, que te echen de la cancha. Esto se relaciona con que el neoliberalismo es un tipo de acumulación del capital en donde el trabajo ha desaparecido, donde hay un dominio absoluto de las operaciones financieras que exigen que los trabajos sean cada vez más precarios, que tengan menos permanencia, no permitan establecer vínculos sociales, relaciones estables, la presencia en tu propio lugar y te obliguen a desplazarte; que no te permitan establecer relaciones que dispongan del tiempo necesario para que esas relaciones se puedan vivir.

¿Qué parte del sujeto no está absorbida en esta lógica?

Hay teóricos que piensan que el inconsciente, los sueños y todo aquello se ha vuelto una pieza más del mercado; la salud por supuesto, la educación, el medio ambiente. Lo que surge en estos teóricos es una especie de idea nómada, casi como en las películas de ciencia ficción en donde hay un mundo de corporaciones, un mundo de zombis, programados y administrados y en un bosque, una selva, un sótano o una montaña hay una serie de seres discordantes que no se sabe bien porqué no quedaron todavía tomados. Es un síntoma social el hecho de que haya una matriz narrativa tan frecuente en esas películas. Hay todo un aparato corporativo transnacional que está basado en pruebas, competencias, performances. Pero siempre hay algunos para los cuales el virus no funcionó, o fueron inmunes y constituyen pequeños núcleos de resistencia. Quizás esto sea una prefiguración, una anticipación pero en cualquier caso es un efecto de algo que ya está. Yo pertenezco a una generación donde si una persona quería vivir al margen de ciertas cosas, lo podía hacer. Aparentemente todo parece un gran triunfo del neoliberalismo: hay muchísima libertad que de repente se convierte en la libertad de decirte “como no hay trabajo, te damos la libertad de que inventes el tuyo”, “como no hay salud, te damos la libertad de que vos mismo gestiones tu vida y te sepas alimentar y elijas muy bien qué comer”, “y como tampoco te damos seguridad social ni protección te dejamos libre para que vos seas el que gestiones tu propia vida como una empresa”. Se pasan muchos límites, incluso hay cursos para padres en donde les enseñan a no ponerle límites a los niños, que ellos mismos decidan cuándo se van a lavar los dientes, cuándo quieren dormir y cuándo no. Es ver a los niño como empresarios y gestores de su propia vida.

Cuando mencionás el tema de la libertad es posible entender que no te referís a la libertad en los términos de Marx, en donde el obrero tiene la libertad de vender su fuerza de trabajo al capital sino que estás planteando una cuestión mucho más compleja…

Cuando vas a una zona marginal de una ciudad, como una villa, una favela, un poblado o chabola como se dice en España, también encontramos consumidores consumidos, que hagan lo que hagan tienen que ser empresarios de sí mismos, que tienen que estar todo el día corrido detrás de algo. Marx plantea libertad de prensa, libertad jurídica y libertad de explotación y desde ahí cuestionaba el resto de las libertades. Además planteaba que llegado un momento no tenías nada más que perder y lo único que podías perder eran tus cadenas y entonces pensaba que había una contradicción entre el modo de producción capitalista y las relaciones sociales de producción y a esta contracción el neoliberalismo la ha hecho obsoleta. Es decir, podés estar pasando muchas penurias, podés estar afuera de mucho de los circuitos y sin embargo, no necesariamente se constituye un sujeto transformador de la realidad. Se ha desconectado el malestar social de la transformación política, no hay un puente necesario entre las dos cosas.

¿Y esa idea de que cuanto más se acerca un sujeto a condiciones de explotación y alienación más cerca va a estar de la posibilidad de librarse?

El neoliberalismo ha demostrado que cada crisis le sirve para generar un nuevo modelo de acumulación. No solo no colapsa el capitalismo sino que al sistema le es inherente llegar a un momento de colapso para progresar hacia formas nuevas de dominación.

¿Hay formas o modalidades de resistencia posibles a estas construcciones de subjetividad a la que abona el capitalismo?

Yo soy todavía partidario de la idea de construcción de lo político, de la construcción de experiencias comunes y prácticas políticas que logren volver a establecer vínculos. No me convence la idea, digamos anarquista o nómada -para usar una expresión de Toni Negri- o como piensan algunos nuevo teóricos marxistas que ven con muy bueno ojos los fenómenos comunales de recuperación de hospitales abandonados, fábricas, etc. Todo eso es muy interesante pero no plantea ningún antagonismo, es una concepción de la sociedad en donde se plantea que dado que todo esto funciona así, busquemos espacios preservados. Pienso que esos espacios son interesantes en la medida que se articulan políticamente en un proyecto, si no se vuelven parques temáticos. Por ejemplo, dos teóricos franceses, a los que les he presentado libros, están encantados con una zona de Francia donde no hay dinero, el trabajo que no produce plusvalía, es trabajo vivo, así lo llaman ellos. Es una réplica actual de lo que esa ciencia ficción de la que hablábamos antes te propone.

¿Cómo caracterizarías esas relaciones y cuál es tu mirada al respecto?

Son sectores donde la gente mantiene entre sí relaciones que no son de explotación. Desde el punto de vista antropológico o sociológico, son fenómenos de resistencia al proyecto neoliberal, pero en esto soy populista, creo que esos espacios pueden empezar a ser significativos y relevantes si se coordinan en un proyecto de transformación. Y no tengo ese repudio por el Estado que tienen estos teóricos que llegan a la conclusión de que el neoliberalismo también capturó al Estado. Por supuesto, no tengo dudas que lo usan y lo quieren para ellos con toda su burocracia, con la presión fiscal, los aparatos administrativos, las fuerzas represivas y el aparato judicial. Pero respetando mucho las experiencias que efectivamente ponen en juego algo del trabajo vivo, que volviendo a la primer pregunta, sería producto de una subjetividad reinventada fuera del marco de los dispositivos neoliberales. Me parece que hay un problema con lo político, es decir, mientras tanto hay personas que al único lugar al que pueden ir es a un hospital, que no se van a replegar en mundos temáticos clausurados o constituidos por gente que ha iniciado una nueva experiencia.

“Creo que los espacios de resistencia al proyecto neoliberal pueden empezar a ser significativos y relevantes si se coordinan en un proyecto de transformación.“

¿Y cuál sería la instancia superadora, la posibilidad de escape a la captura del neoliberalismo?

Para mí la condición es el sujeto, es decir, aquella parte que no puede ser capturada absolutamente por todos estos dispositivos de producción de subjetividad y que es el único soporte real que tiene la política. El deseo de poder transformar una situación con otros. Una de las pruebas para asegurarnos que no hay todo el tiempo una captura total es saber que hubo irrupciones igualitarias. Que la historia de la humanidad no se hace solamente con la historia del horror, ni de los campos de concentración ni de los desenlaces fatales, si no que hubo momentos, incluso aquellos que terminaron en hechos trágicos, como las revoluciones del siglo XX, que tuvieron en un momento dado, actos instituyentes que todavía siguen siendo algo a indagar. Son un saber en reserva. Un pueblo que de golpe irrumpe de una forma particular, se organiza y se hace con el Estado para construir una sociedad que, durante un tiempo al menos, es igualitaria.

¿Qué lugar tiene la salud mental en este contexto?

La salud mental ha entrado en un período en donde entre las neurociencias, el cognitivismo y la industria farmacológica hay una alianza estructural. Y por lo tanto hay un soporte diagnóstico en donde lo que sería la singularidad de cada sujeto cada vez está más borrada. Evidentemente para el modo de producción neoliberal convienen, cada vez más, términos que engloben a la máxima cantidad de sujetos, que sean diagnosticables y medicables. Simplemente hay que prestar atención a cómo se han naturalizado en los últimos años algunos términos, por ejemplo, bipolar, trastorno por déficit de atención e hiperactividad, depresión. Si lo comparamos con el debate al interior del psicoanálisis, donde hay miles de ramificaciones sobre la clínica, las discusiones sobre la histeria y las neurosis obsesivas, la psicosis, la psicosis ordinaria, las estabilizadas, las que no se desencadenan, los neuróticos obsesivos que están en una frontera, los obsesivos que en cambio tienen recursos para vivir, todo esto ha quedado reducido. Va a ser de entretenimiento si los psicoanalistas no toman algún tipo de decisión que habría que ver muy seriamente cómo debe ser. Mientras tanto cuando se naturalizan todos estos términos diagnósticos más un auge de patologías, que habría que entender casi en términos antropológicos como el autismo, el Asperger, el trastorno generalizado del desarrollo y por otro lado, la aceptación por parte de los familiares con toda naturalidad de estos diagnósticos casi sin ningún tipo de interrogación acerca de qué clase de experiencia subjetiva es esa. La salud mental es el marco en donde más rápido el neoliberalismo captó que había una veta muy importante.

¿Cómo impactan estos cambios en la práctica del profesional de salud mental?

Cuando yo era joven un fármaco era excepcional, hoy es muy distinto. En los departamentos psiquiátricos en Europa prácticamente el psiquiatra que quiere escuchar un poco, no me refiero realizar sesiones ni mucho menos, solamente escuchar un poco a un paciente psicótico, está arrinconado, no tiene prácticamente espacio. Rápidamente los protocolos, el jefe o el servicio le exigen un rendimiento en números, allí él cede. Queda confrontado con la opción de perder el trabajo o cumplir con los protocolos y mostrar que durante el día ha visto a cierta cantidad de pacientes. En este sentido la Argentina es una excepción mundial, no tiene nada que ver con lo que está pasando.

“La salud mental es el marco en donde más rápido el neoliberalismo captó que había una veta muy importante.”

¿Cómo ves al psicoanálisis en este contexto de neoliberalismo y en la situación particular de la Argentina?

Yo veo un gran patrimonio cultural de la Argentina en la presencia de un gran debate psicoanalítico, psiquiátrico y psicológico en donde desde muy temprano, más allá de la posterior irrupción del lacanismo, se discutió la relación entre el campo de la experiencia singular del sujeto y el orden colectivo. Sobre esto tenemos una enorme historia y no sé si verdaderamente fue indagada como se merecía. Diría que hay dos caras del psicoanálisis. Por un lado, una que cada vez está más subsumida en la lógica neoliberal, es un dispositivo profesional que se supone que es más apropiado a la sensibilidad de determinados sectores. El asunto es que, si un psiquiatra no puede practicar una terapia de este tipo, al menos tenga presente en su horizonte interpretativo las teóricas de Freud. Por otra parte, lo que he notado en Argentina es que hay psicoanalistas que escriben libros muy parecidos a los libros de autoayuda. Y que hay un rechazo de lo político en los psicoanalistas que hablan incluso de la relación psicoanálisis y política.

Una vez más, la visión de la política como categoría diametralmente ajena a las disciplinas científicas o académicas…

Es que hablar de esta relación es concebir a la sociedad como un espacio disociado, antagónico, no como un espacio homogéneo. Es decir, si un psicoanalista opina sobre hechos políticos y no considera previamente cuál es el antagonismo instituyente de esa sociedad, no está hablando de psicoanálisis y política, simplemente está haciendo observaciones psicoanalíticas sobre el fenómeno del malestar en la cultura. Ese camino ya lo recorrieron Freud, Lacan… no me parece que verdaderamente produzca cambios de perspectiva si ontológicamente piensa que está hablando de una sociedad que no está atravesada por una brecha irreductible. Es decir, yo no creo que en el psicoanálisis del siglo XXI se pueda ignorar que lo que atraviesa a la sociedad es un antagonismo que no puede quedar reducido ni interpretado psicoanalíticamente, sino que el psicoanálisis tiene que formar parte de ese antagonismo.

 

· Jorge Alemán ·

Escritor. Profesor honorario de la UBA. Psicoanalista miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (España) y de la Escuela de Orientación Lacaniana (Argentina).

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