¿COLONIALISMO SANITARIO?

Culturas aplastadas, saberes robados

FOTOGRAFÍA: PAULA LOBARIÑAS

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La invasión europea sistematizó el despojo de saberes y medicinas americanas con la ayuda de una ciencia que, al mismo tiempo, argumentaba que esos pueblos eran atrasados y bárbaros. Aquel colonialismo continúa hasta la actualidad a través del “descubrimiento” y “patentamiento” de principios sanadores que son parte de las más profundas tradiciones de las poblaciones originarias de América.

Volver a recordar la catástrofe que representó la invasión europea para nuestro continente puede ser un ejercicio repetido, aunque no por ello innecesario; sin embargo, fueron muchos los aspectos de aquella conquista, menos difundidos que los hechos de armas, que siguen teniendo consecuencias para nuestro continente. Los pueblos originarios no solo fueron víctimas de epidemias, evidencia de la unificación microbiológica del planeta, sino que también sufrieron violencias sobre sus cuerpos, sus prácticas y  sus saberes que buscaban ser erradicados para imponerles mandatos ajenos.

Desde la pretendida superioridad de una cultura medieval, los saberes americanos fueron despreciados por irracionales, meras supersticiones que debían ser sustituidas por creencias basadas en una racionalidad capitalista, lo cual a su vez justificaba la expansión atlántica de Europa.

Mientras el oro desvelaba a descubridores y adelantados, fueron los sacerdotes, presentes desde muy temprano en estas tierras, quienes percibieron la presencia de otros tesoros: una naturaleza exuberante que brindaba múltiples remedios a aquellos pueblos que la consideraban sagrada, y como tal, sanadora. Durante la conquista de México, su cronista, Bernal Díaz del Castillo, fue de los primeros en dar cuenta que la profesión de curar era ejercida por hombres y mujeres que “observaban al enfermo, usaban medicinas vegetales en aplicaciones locales, infusiones y baños de vapor, junto con elementos relacionados con el nacimiento y la influencia de sus ídolos”.

Los saberes americanos fueron despreciados por irracionales, meras supersticiones que debían ser sustituidos por racionalidad capitalista.

Resulta llamativa una comunicación de Hernán Cortés, conquistador de México, quien le escribe al emperador Carlos V “que no permitiera pasar médicos españoles a México, porque la destreza y conocimiento de los médicos aztecas los hace innecesarios”.

A lo largo de los siglos coloniales los jesuitas cultivaron plantas medicinales de uso corriente en los jardines de sus iglesias, plantas medicinales: aguacate, zapote, almendro; hierbas como la calaguala, manzanilla, zábila; el chile era usado para enfermedades de origen infeccioso y, cinco siglos después, un estudio realizado en 1996 en Ohio demostró que los extractos de chile inhiben el crecimiento de varios tipos de bacterias.

Con las raíces de la ipecacuana los indios brasileños combatían la disentería, que fue introducida de forma secreta en Francia en el siglo XVII. Desde 1912, cuando se aisló su alcaloide llamado emetina, fue un remedio contra la disentería amebiana, hasta que se lo reemplazó por antibióticos y drogas sintéticas.

Al curare, veneno de las flechas de algunas tribus sudamericanas, los europeos lo utilizaron como paralizante en cirugías y más tarde como relajante muscular.

Así mismo, los colonizadores defractura supracondilea de codo Perú y Bolivia observaron que los aborígenes masticaban hojas de coca por sus efectos anestésicos y para combatir la fatiga; la cocaína fue aislada en 1858.

En tierras del Virreinato de Perú los europeos hallarían una planta que sería fundamental para la cura de la malaria, que llamarían chinchona, y se trata de la quina genciana. Los quechuas hacían con la corteza un té; un monje agustino lo describió en 1633: “Crece un árbol al que llaman el árbol de la fiebre cuya corteza, del color de la canela, hecho polvo en cantidad de dos pequeñas monedas de plata, es hecho una bebida que cura fiebres tercianas y ha producido resultados milagrosos en Lima”. En el siglo XVI se llamaban fiebres tercianas a los cambios  bruscos de temperatura, uno de los rasgos distintivos de la malaria. En 1638 la corteza fue usada para tratar a la condesa Ana de Chinchón, la mujer del virrey de Perú y desde entonces la planta fue conocida como la chinchona. El virrey, apoderándose de toda la corteza que pudo, vendió el producto a los jesuitas, quienes se transformaron en los importadores y distribuidores en toda Europa, llegando a ser una de las materias primas más valiosas embarcadas desde Perú. Pasaron dos siglos hasta que en 1820 logró extraerse la quinina.

Los misioneros jesuitas instalados en América del Sur recogieron los saberes de las naciones guaraníes que recurrían a las virtudes terapéuticas del palo santo, del bálsamo de coaci, de la goma ínica, de la raíz de contrayerba y de la sangre de drago, una resina usada para detener hemorragias, entre otras. De la yerba mate, con enorme difusión continental, un viajero llamado Acarete du Biscay que había recorrido desde Buenos Aires a Potosí, escribió sobre su consumo entre los mineros de esta ciudad: “En ocasiones los molestan mucho los vientos que se encajonan en las minas, el frío de los cuales, unido al que hay en algunas partes de la tierra, los enfría excesivamente, y salvo que mastiquen coca, que los calienta y embriaga, les resultaría intolerable. Otra de las molestias que sufren es que en otros sitios los vapores sulfurosos y minerales son tan abundantes que los secan en una forma extraña, al punto de impedirles la libre respiración, y para esto no tienen otro remedio que la bebida que se hace con la yerba del Paraguay, de la cual preparan grandes cantidades para refrescarse y humedecerse cuando salen de las minas a las horas señaladas para comer y dormir. Esta bebida también les sirve de medicina, para hacerles vomitar y arrojar cualquier cosa que les incomode en el estómago.” También en Buenos Aires, los betlemitas, una orden de sacerdotes hospitalarios que había sido creada en Guatemala, recurrían a la flora nativa cultivando especies propias de la zona.

En todos los casos, desde México hasta el Plata, los testimonios dejados por los sacerdotes se atribuyen el buen uso con fines medicinales de la flora autóctona, al tiempo que acusaban a los americanos de ignorantes, incapaces de reconocer los principios curativos, practicantes de rituales que en la mirada de los cristianos resultaban odiosos y condenables. Así fue que la Inquisición prohibió el uso del peyote, por los estados alucinatorios que provocaba. En 1896 de allí se extrajo la mezcalina, primer compuesto alucinógeno aislado por el hombre.

Otra de las prácticas descriptas como supersticiones de ignorantes fue la costumbre de llevar a las llamadas piedras bezoares como amuleto. Eran un conjunto de hierbas masticadas que formaban una bola que se generaba en las entrañas de cierta “cabra montañesa en las Indias la cual vale contra todo veneno y enfermedad del tabardillo y cualquiera otra maligna y ponzoñosa.” Formó parte de los remedios americanos que tenían un lugar destacado en las boticas reales, junto con la jalapa, las piedras de iguana, los cascabeles de víboras y la ipecacuana.

Cuando el saqueo se vistió de científico

La naturaleza americana representaría un invaluable tesoro para la Europa de aquellos siglos, aquejada de enfermedades propias de las condiciones miserables y la falta de higiene. Fue así que para tener conocimiento cabal de todo lo que podrían proveer estos territorios, se organizaron expediciones “científicas”, eufemismo bajo el que se desarrolló esta forma de exploración colonial, despojo y negación de los saberes autóctonos. Figurarían como benefactores de la humanidad, desde entonces y en siglos posteriores, los individuos primero y las empresas más tarde, que difundieron las especies americanas para revolucionar la farmacopea y la medicina occidental.

La primera de estas campañas fue la de Francisco Hernández, médico personal de Felipe II, rey de España, quien lo nombró primer Protomédico de América. Hernández recorrió las tierras mesoamericanas entre 1570 y 1577. Las capitales de virreinatos (México y Lima desde el siglo XVI, Bogotá y Buenos Aires, desde el XVIII) contarían con estos funcionarios que tenían a su cargo el control de la salud de los pueblos de su jurisdicción, el registro de los profesionales autorizados a practicar la medicina, la odontología y la obstetricia, el control de los productos de farmacias, entre otras tareas. Hernández volvió de su expedición con un botín compuesto por 3000 plantas, más de 500 animales y casi un centenar de minerales.

Se organizaron expediciones “científicas”, eufemismo para referirse a la exploración colonial con despojo y negación de los saberes autóctonos.

Pero fue el siglo XVIII, bajo las ideas enciclopedistas y el afán de inventariar todo lo existente según taxonomías establecidas racionalmente, que vio zarpar de Europa expediciones que contaban entre sus miembros a botánicos, zoólogos, geólogos y geógrafos, con el objetivo de relevar y catalogar el enorme capital natural de las Américas con claros objetivos geopolíticos (“Sin conocer América, ¿cómo es posible gobernarla?”, preguntaba Malaspina). Desde España partió la expedición de Malaspina y Félix de Azara, que dio vuelta al mundo a bordo de dos corbetas y con más de 200 tripulantes; la misión buscaba levantar cartas marítimas, explorar nuevos territorios, realizar mediciones astrofísicas, asegurar la defensa de las colonias americanas de ultramar, recoger plantas y minerales, estudiar lenguas y costumbres de los pueblos por donde pasaran, levantar dibujos de aquellos territorios, poblar las islas Hawai y establecer en aquel archipiélago una base de descanso para el Galeón de Filipinas.  Solamente en territorio argentino se recogieron más de 14000 ejemplares de vegetales, desde el Río de la Plata hasta Patagonia y Cuyo.

Persistencia del saqueo ¿neocolonialismo sanitario?

Durante los siglos XIX, XX y lo que va del siglo presente, continuó la apropiación del capital natural y humano: al comercio de los siglos colonialistas le sucedieron las patentes de las empresas extranjeras que usaron el mismo mecanismo: negación del origen y las fuentes de conocimiento, atribuyéndose el descubrimiento de los productos americanos y patentando tales hallazgos para su distribución a nivel mundial. Lo que algunos autores dan en calificar como “biopiratería”.

A mediados del siglo XIX, y después de conspiraciones y aventuras, los holandeses consiguieron semillas del árbol de la quina y establecieron enormes plantaciones en sus colonias en Indonesia, sobre todo en la isla de Java. Fueron naturalistas y exploradores, más bien espías industriales, como los ingleses Clements Markham y Charles Ledger o el holandés Justus Hasskarl, quienes viajaron a los Andes en busca de ejemplares y semillas del árbol de la quina. Entre 1860 y 1870 consiguieron llevar las muestras a sus colonias y resembrar los árboles. Las trajo el inglés Charles Ledger en Bolivia y las llevó a Londres. Ofreció su venta al gobierno inglés que no demostró gran interés en ellas. Fue el cónsul de Holanda quien pagó por las plantas y las envió a su país, siendo este el origen de las plantaciones en Java a partir de 1852. En honor de Ledger, esta especie que crecía en Java se llamó Cinchona ledgeriana.

Las empresas extranjeras se atribuyeron el descubrimiento de los productos americanos y patentaron estos hallazgos para su distribución mundial.

En ocasión de la Exposición Universal de París de 1889, conocida ampliamente por ser el marco en que se inauguró la Torre Eiffel, sus organizadores convocaron a representantes del pueblo kallawaya, etnia que ya en tiempos de los incas era reconocida por su profundo conocimiento de la medicina natural. El objetivo era que aportasen sus conocimientos sobre plantas tintóreas, medicinales y comestibles para ser expuestas en el pabellón boliviano en París. Posiblemente para esos años ya habían realizado las curaciones de malaria en el Canal de Panamá, a instancias de trabajadores peruanos quienes los animaron a buscar un potencial mercado para sus medicinas. Los trabajadores del Canal, por entonces en construcción, eran seriamente afectados por malaria y fiebre amarilla sin que los médicos extranjeros pudieran hacer nada. Allí llegaron en su ayuda los kallawaya con mate de coca y quina.

Así como el siglo XVIII fue el siglo de las expediciones científicas, tales principios se mantienen vigentes en proyectos recientes, como el que creó el Corredor Biológico Mesoamericano, impulsado por el Banco Mundial, con el objeto de “rescatar la diversidad agrícola del México indígena” en las regiones de Campeche, Chiapas, Quintana Roo y Yucatán. Además del Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, varios países de Europa, Japón y Estados Unidos han comprometido la realización de proyectos de carácter nacional y regional. Es poco probable que la presencia de estos organismos y gobiernos sea casual. Es mucho el dinero que se mueve en torno a estos proyectos, que dan lugar a numerosos estudios, diagnósticos, consultorías y asesorías, y muchas veces a la asociación con empresas privadas. 

Luego de este recorrido por un aspecto particular de la colonización resulta necesario asumir una postura que valore y defienda los saberes y prácticas propios. Como consecuencia de la Cumbre de la Tierra realizada en Río de Janeiro en 2002, las Naciones Unidas aprobaron el Convenio de Diversidad Biológica que ordena proteger los conocimientos tradicionales de los pueblos indígenas. Es deseable que tal protección se efectúe teniendo a los pueblos como protagonistas, para no repetir las experiencias colonialistas que se apropiaron de sus saberes y los despojaron de sus derechos.

Conclusiones

La negación de los saberes, el robo de las plantas medicinales, el atribuirse el descubrimiento de sus principios sanadores y la posterior difusión a escala mundial con fines mercantilistas, apropiándose de las ganancias generadas, constituye un aspecto del modelo que nos autoriza a calificarlo como colonialismo sanitario, terrible herencia que tenemos que conocer y replantear desde sus fundamentos y sus derivas neocoloniales para alcanzar, también desde esta variable, una verdadera soberanía sanitaria.

· Laura Sacchetti ·

Profesora universitaria de Historia. Docente de la Universidad Nacional de Artes. Docente de Historia de la Salud Argentina y Latinoamericana.




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